‘El jardín colgante’, de Javier Calvo Perales: manual de literatura antisistema

El jardín colgante (Premio Biblioteca Breve 2012), de Javier Calvo Perales, es uno de esos libros traicioneros, embusteros y mendaces que te engatusan con una breve sinopsis, te llevan a la cama con un buen comienzo y, cuando te quieres dar cuenta, has vivido una experiencia catártica que te obliga a ver todo desde una perspectiva completamente distinta (te sientes sucio y maltratado). Se trata de una novela, pulcra técnicamente y rocambolesca en su argumento, que establece un hermoso diálogo entre dos maneras de entender la literatura, el arte y, en definitiva, la vida: la evasión (la huida) o la consciencia (la revuelta).

Desde un estilo que potencia lo absurdo y lo grotesco dentro de la maravillosa tradición española del esperpento, Javier Calvo propone al lector una reconstrucción de una de las épocas más aclamadas de la historia española: la Transición. Es cierto, que ahora se ha puesto de moda poner en tela de juicio esta época repleta de trampantojos de la vergüenza, pero cuando lo hizo el escritor (allá por el 2012) era mucho más raro leer una caricaturización tan dura de un relato ya “mítico” del neonacionalismo español.el-jardin-colgante_9788432209581

La trama arranca en una Barcelona preapocalíptica que se enfrenta a los estragos ambientales que ha causado la caída de un meteorito (véase aquí cualquier suceso histórico relevante capaz de conmocionar una sociedad sin destruirla como, por ejemplo, la muerte de un dictador). Sin que nada cambie aparentemente, los personajes del El jardín colgante se ven envueltos en una trama de suspense policial y político, en la que los servicios secretos españoles (el CNI) se presentan ante el lector como una poderosa institución capaz de alimentarse de las sombras. En este punto, se debe ser consciente de que el libro ya te ha secuestrado y que podrá hacer contigo lo que quiera. Sí, es cierto, parecía una novelita bien escrita dispuesta para evadirse en un mundo de conspiraciones, pero sin darnos cuenta el asunto se ha complicado bastante.

El jardín colgante tiene tres fases muy bien delimitadas gracias a la descripción obsesiva de ciertos fenómenos atmosféricos: primero la nube de cenizas, luego la eterna lluvia y, por último, el calor asfixiante. Con estos cambios el libro pasa de ser una novela de espías, a un thriller político y, finalmente, una agobiante narración de tipo psicológico, sin causar esto en el lector la sensación de haberse producido una ruptura forzada. La impresión es más cercana a la de una evolución progresiva y coherente, como la que se puede ver en el cielo cuando se forma y deshace una tormenta de verano.

Al menos yo tuve en todo momento esa alucinación contradictoria mientras leía la novela. Todo parecía lógico. Todo parecía consecuente. Y, sin embargo, allí me encontraba horrorizado, sorprendido y reconfortado (en el fondo sabía que esa era la única opción narrativa viable) cuando engullía las últimas páginas de esta subyugadora narración. Una novela que he decidido archivar en mi memoria como un “manual de literatura antisistema”, porque nos demuestra una vez más que con talento se puede llegar al gran público sin la necesidad de renunciar al mensaje.

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