La fantasía tiene un nuevo maestro: reseña de Leorpardo negro Lobo rojo, de Marlon James

En American Gods, la ecléctica novela de Neil Gaiman, el autor plantea una batalla entre los nuevos y los antiguos dioses que teatraliza, en último término, una crítica velada al progreso más despiadado. Aunque como novela merece una reseña aparte (que no tardará), me interesa especialmente por las diferentes deidades que figuran en la obra de Gaiman. Lejos de optar por una visión únicamente occidental o tirar por las religiones mayoritarias actuales, nos presenta dioses de infinidad de culturas. Así, podemos encontrar una antigua diosa de la guerra hindú, un dios de la muerte eslavo o un espíritu protector etíope. De esta forma, Gaiman refuerza una idea muy clara, y es que los dioses son esas creaciones del ser humano que durante siglos le han servido para mitigar miedos, alumbrar esperanzas o explicar lo inexplicable.

Cuento todo esto porque esa misma idea es el gran aliciente de Leopardo negro, lobo rojo (Seix Barral, 2019), del escritor jamaicano Marlon James. Una novela que parece gritarnos a la cara: despertad, hay vida más allá de la fantasía de ambientación medieval europea. Por supuesto, no es la primera en hacerlo (ahí está La gracia de los reyes, de Ken Liu); no obstante, Marlon James está dispuesto a romper muchos más clichés e ir más allá de lo que hayamos leído hasta el momento. Sin ir más lejos, acaba de ganar el Ray Bradbury Prize for Science Fiction, Fantasy & Speculative Fiction. Disfrutada en castellano, es importante mencionar también la perfecta traducción del también escritor Javier Calvo, de diez.

En Leopardo negro, lobo rojo, James nos presenta a un misterioso protagonista conocido como Rastreador, un ser aparentemente humano pero con curiosas habilidades, entre las que destaca un poderoso olfato que le permite ejercer su principal oficio: buscar gente que ha desaparecido. Desde el principio, la historia sorprende por cómo está estructurada, y es que nos encontramos con nuestro protagonista contando su propia historia a un segundo personaje al que se refiere como Inquisidor, pero esa es toda la información de la que disponemos. Si algo consigue el autor en la novela es meternos de lleno gracias a esa suerte de homenaje a la tradición oral, la clásica vía por la que las historias viajaban y se propagaban por el mundo. Eso mismo ocurre con la vida del Rastreador, o al menos la que le está narrando al Inquisidor.

Como en otras novelas del género, empezamos con los orígenes del protagonista, pues estas son las primeras escenas del libro. Ahora bien, la historia tiene un ritmo bastante alto, lo cual sorprende debido a la gran cantidad de información y trasfondo que ofrece. Otro mérito de James, que sabe en todo momento mantener ese equilibrio, especialmente porque quienes nos cuentan las características del universo de la novela son en todo momento los personajes, auténticos dueños y señores de la obra. La retahíla es larga ya que en el viaje del protagonista se le unen seres de lo más variopintos; desde hombres metamorfos capaces de transformarse en bestias, a fieros ogos (una especia de gigantes, aunque prefiere que no les llamen así), brujas de todo tipo y condición, espíritus vengativos, reinas déspotas, habilidosos espadachines, vampiros (sobre cuyo mito también innova, presentando características diferentes a las de la figura vampírica tradicional) o unos seres malignos conocidos como omoluzus.

El escritor Marlon James

La riqueza cultural de este nuevo universo que nos presenta Marlos James es digna de elogio sin ser, en ningún momento, abrumadora (aunque la inclusión de una guía de personajes al principio se agradece). Sin duda, el autor ha hecho una labor de investigación profundo sobre la historia y la mitología de África, y ha conseguido cubrir su historia de fantasía con una capa de folclore que puede permitir, incluso, que los menos asiduos a este tipo de novelas disfruten de Leopardo negro, lobo rojo. 

Eso sí, es una trama de marcada violencia y que no se anda con remilgos, sea quien sea la víctima en esa o aquella página. Algo que, al fin y al cabo, nos viene a recordar que la vida no es de color de rosas, y las tierras que transitan estos personajes son especialmente hostiles. Durante el viaje conocemos regiones fascinantes como las Tierras Oscuras, la ciudad de Kongor o el Mweru, lugares que deben visitar nuestros protagonistas para dar con un niño. No quiero contar muchos detalles, porque si algo tiene esta novela es la capacidad de sorpresa, y hablar de más en esta reseña sería estropear la experiencia. De hecho, uno de sus puntos destacados es el hecho de que al protagonista no siempre le salen bien las cosas, y lejos de ser un héroe, esta cubierto por un barniz de grises que harán las delicias de los lectores más escépticos. 

De la historia trascienden temas universales como que el concepto “diferente” es sólo una cuestión de perspectiva, que queda maravillosamente representado a través de la historia de los niños mingi, niños que han sufrido el rechazo de su tribu por nacer con algún tipo de malformación. En unos tiempos en los que somos capaces de leer pancartas con el mensaje “sacrificad a los débiles”, esta novela es un bálsamo y un lanzazo directo a la sien del odio irracional. Un último apunte sobre la trama: mención especial merece esa parte final, con un giro que confirma una idea que barrunta la cabeza del lector desde el comiendo: en Leopardo negro, lobo rojo nada es lo que parece. Otro buen consejo sería prestar atención a cada detalle, ya sea para empaparse de esa riqueza folclórica o para disfrutar aún más el avanzar de la trama. Por cierto, aquí la magia maligna es la magia blanca.

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