La novela sin argumento

Para la novela, el siglo XX es un cataclismo cuyas secuelas aún leemos. ¿Dónde está ese narrador prepotente más cercano a Dios que al lector? ¿Dónde están las historias fáciles de seguir? ¿Qué fue de los monólogos tradicionales y la narración lineal? Ahí siguen, en la tradición majestuosa que dejaron novelas como El Quijote, La Regenta, Crimen y Castigo o Moby Dick. Por esta razón, es lógico que muchos de los narradores del pasado siglo “se dieran por vencidos” y comenzaran con una nueva línea de experimentación. Era difícil, por no decir imposible, seguir los pasos de los Cervantes, Clarín, Dostoievski o Melville. A cambio, tenemos a los Márquez, Cortázar, Faulkner, Joyce, Kerouac o Dos Passos.
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Este último es, injustamente, uno de los menos conocidos. Miembro de la Generación Perdida Norteamericana, Sartre le catalogó “como el mayor escritor de nuestro tiempo” y Borges dijo de él: “Su obra es multitudinaria, vertiginosa y de algún modo anónima. Los personajes cuentan menos que la muchedumbre que los rodean (…) Dos Passos ha llevado a la novela los procedimientos tipográficos del periódico y también su carácter misceláneo y superficial (…) No sabemos si su labor perdurará, pero su importancia técnica es innegable”.

Manhattan Transfer es una prueba de ese virtuosismo técnico del que hablaba el argentino. El estilo que utiliza John Dos Passos en esta novela tiene un marcado carácter cinematográfico. Por un lado, desarrolla de manera brillante la multiplicidad de perspectivas que se opone de manera radical al personalismo (que tenía mucho éxito tras la publicación del Ulises de Joyce). Dos Passos propone en el texto que todos los personajes sean iguales, aparecen y desaparecen sin la menor importancia (al igual que sucede en la rutina diaria en una urbe cualquiera). Manhattan Transfer se construye mediante una deconstrucción que genera en el lector de una perspectiva global de la ciudad. No aborda ningún concepto de forma vaga y difusa, sino que concretiza mediante sus personajes. El resultado final en la lectura es la trasmisión de una mirada colectiva.

El argumento de la novela es la ausencia de argumento. Las historias, que se entrelazan conformando un collage narrativo, siguen a una serie de personajes (con cierto protagonismo se pueden contabilizar 34) cuyas acciones engloban de manera representativa a toda la ciudad. La multitud de tramas y subtramas que entran y desaparecen durante la lectura dan al texto un estilo caótico. Un caos ordenado y meditado que dibuja con exactitud una ciudad única (Nueva York) en un periodo muy especial (las dos primeras décadas del siglo XX). Este fabuloso cuadro si se mira desde muy cerca, puede resultar ininteligible ya que solo se observan trazos deslavazados. Sin embargo, si uno se aleja y toma la distancia adecuada, descubrirá la imagen eterna y coherente de una genialidad literaria.

Víctor Gutiérrez Sanz

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