En busca de los niños perdidos

Una de las principales virtudes de un libro (que por muchos estudios de mil páginas sobre los encantos de la Literatura que desempeñen los expertos, pocos o ninguno se paran a prestarle atención) es su capacidad de influir a un mismo lector en distintos momentos de su vida. Pongamos como ejemplo al aclamado cómic Calvin y Hobbes. De niño, uno tenderá más a identificarse con el pequeño Calvin, a sumergirse más en sus escenarios irreales y asumirá con perfecta naturalidad el antropomorfismo del tigre de juguete Hobbes. De adulto, por el contrario, descubrirá esas pequeñas entrelíneas de los diálogos entre el crío y su muñeco, sabrá sacar el denso mensaje filosófico que se esconde tras sus aparentemente inocentes aventuras e incluso contemplará, con la complacencia de los padres del protagonista, la relación (acaso imaginaria) entre un infante y su peluche.

Ilustración de Francisca Aleñar

Ilustración de Francisca Aleñar

Lo mismo podría aplicarse a cualquier otro texto. Uno no lee igual El guardián entre el centeno con 12, 17 o 22 años. Pero si nos quedamos con el caso anterior puede suceder que, en medio de la revisita a un cuento infantil con ojos adultos, el lector reconecte con su niño interior; ese que creyó haber dejado atrás para siempre y al que, de pronto, un autor se está dirigiendo porque ha llegado la hora de jugar. Es entonces cuando recuperamos aquella complicidad, aquella magia, aquel entorno de felicidad libre de las preocupaciones del mundo de los mayores al que, muchas veces en vano, tratan de devolvernos vacías campañas publicitarias en señaladas fechas a finales de año.

Por ello, en La Milana Bonita hemos decidido traeros un nuevo clásico de la Literatura infantil, Winny de Puh. Un libro ilustrado por E. H. Shepard y abiertamente dirigido a los niños, en un canto a ese universo de reglas bien particulares, como los hábitos alimenticios de los animales; y lógicas rayanas en el surrealismo que, para un joven cuya edad no supera los dedos de sus manos, son perfectamente racionales. El osito Winny, el joven Christopher Robin, su amigo Porquete, el burro Iíyoo… suponen un ecosistema de personajes extremos, simples y que no evolucionan para reconstruir aquellas experiencias y aquella perspectiva de la vida que por mucho tiempo creíamos haber perdido definitivamente.

A diferencia del cómic de Bill Waterson, y de otras obras literarias más reputadas como Peter Pan y Wendy o Alicia en el país de las maravillas, la obra del peculiar escritor A. A. Milne dirigida a su hijo se constriñe estrictamente a ese imaginario juvenil, y desdeña (en su mayor parte) las bromas o las intervenciones adultas; una aproximación a la psique de un niño injusta y significativamente subvertida por los desmanes de una compañía que se autoproclamó la mayor conocedora de los más jóvenes, a quienes, aún hoy sostiene, comprende mejor que ellos mismos.

Con todo lo dicho, os invitamos a redescubrir al niño que una vez fuisteis con nuestro análisis literario de Winny de Puh el próximo domingo 22 de diciembre. ¡La Revolución ha comenzado!

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