No apto para despistados

Reseña de Edu Martín

Algunos autores, ya consagrados en el arte de la escritura y con varios libros que los respalden (normalmente de bastante calidad) llegan a un punto de su carrera en el que ya no se preocupan por el lector. ¿Qué significa esto? Por supuesto, no es una realidad taxativa, que haya que aceptar como si de una teoría académica se tratase. Es más bien mi opinión y quizás algunos de ustedes, escuchantes de La Milana, estén de acuerdo. La despreocupación por el receptor se da cuando el escritor es consciente de su habilidad y es consciente de que su mero nombre en una portada ya atrae los ojos de los lectores. No por vanidad ni por falta de modestia, sino porque así lo avalan sus obras anteriores, su reputación; simplemente, lo sabe. Entonces, durante la construcción de sus obras posteriores a este punto de inflexión, no piensa en lo que pueden pensar, valga la redundancia, los lectores; sino que escribe para sí mismo, y depende de aquellos el seguirle la pista o no. No hay que confundirlo con dejar de ser un escritor comercial; tener en cuenta al público no es ser comercial, aunque ese es otro debate. Quizás con el ejemplo de esta reseña lo vean ustedes mejor: El cementerio de Praga, de Umberto Eco.

El nombre de la rosa de Umberto Eco

Cuando esta obra llegó a mis manos sentí una enorme emoción. Era la última obra de Eco, consagrado autor al que yo tenía (y tengo) en muy alta estima. El escritor y filósofo nos ha deslumbrado a los lectores con su gran producción literaria. Muchos hemos disfrutado grandes novelas como la célebre El nombre de la rosa (1980), probablemente la más conocida, o La isla del día antes (1994). También hemos analizado y estudiado algunos de sus ensayos como Las poéticas de Joyce (1965) o su diálogo epistolar con el cardenal Carlo Maria Martini sobre ética ¿En qué creen los que no creen? (1996). Es mucho el conocimiento que alberga este señor en la cabeza, y mi sensación cuando abro una de sus obras y me dispongo a leer es que tengo mucho que aprender desde la página 1 hasta el final. Así abrí El cementerio de Praga, una historia sobre falsificadores, documentos secretos, intrigas y conspiraciones. Está situada en 1897, en París, y su protagonista es el capitán Simonini, un piamontés con una extraordinaria habilidad para crear documentos falsos. La historia comienza con el lector espiando al propio Simonini, el cual está sentado en su estudio pluma en mano. Desde ese momento ya sabes que la historia promete. ¿Qué ocurre? Que es una de esas novelas en las que Eco no ha pensado en el lector, algo que (y esto no lo había adelantado antes), la hace aún más disfrutable.

Desde un principio la trama es confusa y aquel que está leyendo está absorto por la cantidad de información que le vierten. La novela es como un enorme saco en el que está mezclado el conocimiento de Eco y su pericia narrativa, y uno siente que le están volcando el saco encima demasiado deprisa. Así comienzas a conocer a Simonini, pero también sus reflexiones sobre la historia, la masonería, los judíos y su curioso arte, o las reflexiones de los muchos personajes que aparecen. Cavilaciones éticas e históricas se entremezclan con una historia de falsificaciones en las que el pobre lector se encuentra desamparado, sin saber muy bien si el documento que está leyendo es una falsificación del protagonista. No obstante, entre esa maraña llegas a un punto en que empiezan a encajar las piezas. Vuelves atrás y lees algo que dijo Simonini que ahora cobra sentido, y uno se da cuenta de que el juego de Eco es, sencillamente, brillante. No da tregua, y es por ello que la obra no es apta para los más despistados. Habrá quienes, sin ser tales, tampoco disfruten del entramado que presenta El cementerio de Praga pero a mí, por una extraña razón, me gusta sentirme en inferioridad intelectual respecto al autor, pues así sé que esa obra tiene mucho que enseñarme. De cada lector depende, pues, saber reconstruir las piezas, algo fundamental para disfrutar de esta novela. Eso sí, una vez que lo has hecho, el sabor de boca es inigualable. No voy a entrar a discutir si es la mejor o la peor novela del italiano. Simplemente sé que con Eco siempre estoy en inferioridad intelectual y eso, ya he dicho, es un placer.

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