Una invitación de La Milana Bonita a Sherlock Holmes

– ¡Un mensaje para el señor Sherlock Holmes!

Transcurrió algún tiempo antes de que Holmes levantara la cabeza de su libro Medicinas de la India: 500 narcóticos orientales y sus efectos en el ser humano, y mirara sin interés al pilluelo vagabundo que le tendía un envoltorio sucio y zarrapastroso. Cogí el sobre del muchacho y me acerqué al escritorio para rasgarlo con un abrecartas, pero el zagal no se movió de su posición. Con un gruñido, Holmes sacó del bolsillo de su bata medio soberano y se lo entregó al cabecilla de los Irregulares de Baker Street, que lo hizo desaparecer entre sus pantalones raídos y se esfumó como una exhalación. En su carrera se topó con la señora Hudson, quien por poco derrama la bandeja con el té que nos traía a mi compañero y a mí.

– ¡Estos rapaces! – rezongó según dejaba las tazas en la mesa- Se lo advierto, señor Holmes, tengo los nervios destrozados desde la última vez que…

– Gracias, señora Hudson – dijo Holmes cortando su conversación, y la acompañó hasta la salida mientras nuestra ama de llaves seguía protestando.

La señora Hudson masculló algo durante unos instantes al otro lado de la puerta, y al cabo de un rato no se escuchó nada más. Holmes volvió a su diván favorito y yo le tendí el mensaje que había llegado. Examinó su contenido durante unos segundos y después me lo devolvió con una sonrisa maliciosa:

– ¿Qué opina usted de esto, Watson?

Me acerqué la carta a pocos centímetros de la cara, dispuesto a leerlo. Mis ojos han empeorado mucho con la edad, pero pese a todo aún conservo una visión aceptable. Decía así:

¿Podrían usted y Watson visitarnos el próximo domingo?

Se expondrán tres casos resueltos de Sherlock Holmes.

Creemos, con seguridad, que serán de su interés.

Acá saludamos el equipo de La Milana Bonita.

La invitación suscitó mi curiosidad, y así quise hacérselo ver a Holmes, cuando de pronto comprendí lo que me estaba pidiendo: quería que analizara la carta y extrajese conclusiones a través del arte de la deducción, utilizando los mismos procedimientos que habían hecho célebre al ilustre detective. Volví a leerla y me esforcé por imitar sus razonamientos:

– El folio es fino -noté-, y la misiva ha sido escrita con una plumilla de punta ancha, de las que se venden junto a esta clase de papel en la papelería barata de Patterson’s, lo cual puede indicar que nuestro emisario es una persona de recursos económicos limitados. La segunda frase viene escrita con cierta delicadeza, la pluma era nueva y no ha rasgado la hoja, y supone una invitación formal en grado sumo, con lo que estamos ante un escribiente sensible. Además -continué-, en algunos momentos al final la caligrafía es temblorosa, con lo que es posible que el hombre sea nervioso o que esté en peligro. Por último -añadí presuroso-, algunas construcciones gramaticales suenan extrañas, como ese “acá saludamos”, así que me atrevería a aventurar que nuestro cliente es extranjero, tal vez de Argentina.

sherlock

Ilustración de Francisca Aleñar

Holmes se levantó de su silla y aplaudió suavemente:

– ¡Bravo, querido amigo! -dijo-. Sus años a mi lado le han hecho un observador más sagaz en todos los sentidos. Se ha dejado fuera casi todo lo importante, pero no cabe duda de que su olfato se ha agudizado, por lo que tengo que darle la enhorabuena.

– Entonces, ¿he acertado?

– Ni por asomo.

– ¿Pues cómo puede ser?

– Verá, Watson -empezó-, usted cada vez mira mejor, pero sigue sin ver. ¿Cómo se le han podido pasar por alto las palabras del mensaje?

– ¿Las palabras? -pregunté perplejo-. ¿A qué se refiere? He leído el mensaje con detenimiento.

– ¿Y cuántas palabras hay?

– ¿Cuántas? No me he fijado.

– ¿Lo ve? Es un detalle en el que no ha reparado. Y sin embargo hay hasta 32 palabras, lo cual sumado a cuatro caligrafías diferentes hacen ocho palabras por persona en cuatro frases distintas. Es decir, que nuestro mensajero en realidad son cuatro mensajeros: uno de recursos económicos limitados, otro delicado, otro nervioso y un último argentino.

– ¿Es posible? -pregunté-.

– Es la única deducción lógica -dijo Holmes-. Usted ha señalado el regionalismo latinoamericano de “acá saludamos”, en lugar de “aquí saludamos” o “atentamente saludamos”, pero no ha advertido el reparto equitativo del mensaje. Observe cómo el escribiente delicado se deshace del “nosotros” que utilizan sus compañeros, mientras que el nervioso trata de vencer sus dudas de “creemos” escribiendo “con toda seguridad”. Hasta aquí un reparto tan igualado entre tres nos induce a pensar, pues, que la primera frase debe haber sido escrita por un último miembro del equipo, quien tras comprar el papel y la pluma en Patterson’s encabeza la carta. Una vez finalizado el mensaje por parte de todos, nos la envía no por correo ordinario, dados sus recursos económicos limitados, sino directamente a través del joven Wiggins, que por medio soberano funciona más rápido que el servicio postal de Londres.

– Así pues, ¿no hay nadie en peligro?

– Nosotros, Watson -dijo Holmes-. Nosotros volveremos a estar en peligro.

– ¿Teme que sea una trampa del profesor Moriarty?

– En absoluto -rechazó-. Pero seguro que lo volveremos a ver en El problema final. También nos reencontraremos con Irene Adler en Escándalo en Bohemia. Y tal vez tengamos que recordar el estimulante problema que constituyó el suceso de Estrella de Plata.

– ¿Quiere decir que se refieren a esos tres casos? ¡Son algunas de las aventuras más representativas de nuestra carrera! -grité-. Holmes, me asombra usted. ¿Cómo ha sabido…?

Pareció no oírme cuando cogió su violín con el ánimo de acometer una pieza de Mendelssohn. Pero antes de que empezara a tocar pude ver cómo una sonrisa se asomaba a sus labios:

– Elemental.

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