David Foster Wallace nos lo pone difícil…

¿Y esto, cómo lo clasificamos? Esto debieron de pensar muchos de los críticos y profesionales de la Literatura cuando en 1996 se publicó  La broma infinita (Infinite Jest, en su título original), titánica novela de David Foster Wallace que fue concibiendo durante tres años. Y finalmente vio la luz para deleite de los lectores que, entre confundidos y expectantes, vieron en las librerías un gigantesco tomo de más de 1000 páginas que guardaba celosamente las palabras de la que es, según muchos, una de las mejores novelas en lengua inglesa.

Portada de 'La Broma infinita'

Portada de ‘La Broma infinita’

En el terreno de la Literatura campan a sus anchas las etiquetas. Esto lo sabemos todos los aficionados: novela juvenil, para adultos, satírica, negra, de ciencia-ficción, dramática, best-seller… Entre géneros, características e intenciones del autor con una novela, los “apellidos” que les salen son numerosos. Pero La broma infinita es algo especial, como un cóctel explosivo de muchos matices. La han categorizado de muchas maneras y no sé sabe muy bien con qué genero encaja mejor. Algo que, seguro, trataremos en La Milana Bonita.

Si hay un tema que sobrevuela durante el millar de páginas es la ‘adicción’. El escritor Jonathan Franzen dijo de esta novela que era “una crítica de la cultura de la hospitalidad pasiva“. Cuestiones de eruditos. Es evidente que Foster Wallace hace una dibujo complejo y crítico de la cultura contemporánea. Es una obra vanguardista, complicada, en ocasiones confusa. Una amalgama de temas a tratar ya sea a través del monólogo o con elipsis imposibles.

David Foster Wallace

David Foster Wallace

De Foster Wallace se recordarán muchas cosas. Tristemente una de ellas es su suicidio  en 2008, lo cual engrandeció aún más el mito de un escritor que no tenía miedo a la divagación más pulcra y precisa (o imprecisa, según se mire) para dar forma a novelas tan maravillosas como La broma infinita. Los escuchantes habituales sabréis que aquí nos gustan esas novelas que ponen a trabajar la sala de máquinas llamada cerebro. Nos lo ha puesto difícil Foster Wallace, pero nos gustan los retos. Dejémonos llevar por las palabras del que fue un grandísimo escritor…

¡La revolución ha comenzado!

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