‘El hombre que fue jueves’ de Chesterton y la banalización del mal de Hannah Arendt

Existen ciertos tópicos en la historia del pensamiento occidental sobre los que se debate y debate sin llegar a ninguna conclusión. Uno de ellos es el “mal”. Las religiones, la filosofía y la ciencia han teorizado sobre este conflicto desde diferentes perspectivas, pero los resultados suelen ser bastante parecidos y las respuestas, siempre y cuando no sean dogmáticas, habitualmente se componen de un “No lo sé” y luego de un “pero…”. Menos mal que nos queda la literatura para aclararnos un poco la cabeza.

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G. K. Chesterton, en su novela El hombre que fue jueves, satiriza sobre la percepción social que se tiene del mal. Todo su libro es un divertido juego de espejos y sombras, donde nada es lo que parece. Así pues, en el baile de máscaras y espías que propone, el policía-poeta-filósofo protagonista, Gabriel Syme, se infiltra en una célula terrorista anarquista potencialmente muy peligrosa porque quiere atentar contra todo el orden establecido. La cúpula de dicha organización la componen siete hombres que utilizan como nombres en clave los días de la semana y, de todos ellos, Domingo es el más poderoso.

La trama de la novela poco a poco gana en suspense hasta que al final, mediante una ironía deliciosa, (si no te has leído el libro, sigue leyendo sin más el texto. En cambio, si no tienes problema en conocer el final selecciona con el cursor el espacio en blanco para que se desvele el texto fantasma) Chesterton desvela que todos los allí presentes son policías infiltrados y que el propio Domingo era quien los contrataba. Pesadilla o no (ese es su subtítulo) esta obra propone una visión relativista sobre el orden establecido. Es decir, la propia novela es un “atentado anarquista”. ¿Quién es el malo ahora?

— ¡Tú! ¡Tú nunca has odiado porque tú nunca has vivido! Os conozco a todos, desde el primero hasta el último: sois los poderosos, sois la policía; los hombres gordos y risueños vestidos de azul con botones dorados. Sois la Ley, y nunca habéis sido derrotados. Pero ¿hay acaso un alma viviente que no anhele quebrantaros, aunque sólo sea porqué nunca fuisteis quebrantados? Nosotros, los sublevados, disparatamos frecuentemente sobre este y el otro crimen del gobierno. ¡Gran disparate! El único y magno crimen del gobierno está en el hecho de que gobierne. El pecado imperdonable del poder supremo está en que es supremo. No maldigo vuestra crueldad. No maldigo (aunque bien pudiera) vuestra bondad. Maldigo vuestra seguridad. Estáis en vuestro sitial de piedra instalados de una vez para siempre. Sois los siete ángeles del cielo que no sufren nunca. ¡Ay! Yo podría perdonaros todo, oh gobernantes de la especie humana, si supiera que una sola vez, una sola hora habéis padecido la agonía en que yo me consumo… (Domingo en El hombre que fue jueves).

El hombre que f9788426413451ue jueves plantea al lector la tesis de que el “malo” solo es malo en la mente del lector porque así lo quiere el autor del texto. Se trata, como ya he dicho, de un juego de percepciones y de juicios preconcebidos de acuerdo con la moral dominante del momento. Sin saberlo, Chesterton estaba adelantando una de las hipótesis que décadas después defendería Hannah Arendt en su libro Eichmann en Jerusalén.

La filósofa alemana en este extraordinario ensayo que marcó un antes y un después en el intento desesperado de comprender el genocidio nazi, narra el proceso judicial que vivió el teniente coronel de las SS Adolf Eichmann.

Durante el juicio, que terminó con su condena a muerte, Eichmann defendió que en todo momento estaba siguiendo órdenes de instancias superiores. Él, simplemente, cumplía con su trabajo (o al menos, eso es lo que quería dar a entender). A este respecto, Arendt explica:

Eichmann no era un Yago, ni era un Macbeth, y nada pudo estar más lejos de sus intenciones que “resultar un villano”, al decir de Ricardo III. Eichmann carece de motivos, salvo aquellos demostrados por su extraordinaria diligencia en orden a su personal progreso. Y, en sí misma, tal diligencia no era criminal; Eichmann hubiera sido absolutamente incapaz de asesinar a su superior para heredar su carga. Para expresarlo en palabras llanas, podemos decir que Eichmann, sencillamente, no supo jamás lo que se hacía.

Esto nos tiene que llevar a preguntarnos, ¿es el mal un concepto tan inestable y abstracto que sea posible una banalización así en una de las etapas más oscuras de la historia del hombre? Volviendo a la novela de Chesterton, ¿cuántos Domingos hay en nuestras vidas? Y, para terminar, la pregunta más aterradora: ¿cuántas personas como Eichmann pensando acometer su deber se encuentran en el limbo, imposible de definir, que llamamos mal? Como decía al principio, menos mal que nos queda la literatura.

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