El Dorado, de Robert Juan-Cantavella

¿Quién se iba a imaginar que El Dorado estaba en Marina d’Or, ciudad de vacaciones? Aquel reino legendario, repleto de riquezas y oro, que inspiró la codicia y el ansia de los españoles que pisaron América como “conquistadores”, en realidad estaba aquí, a unas cinco horas de Madrid por la autovía. Ni mapas roídos, ni barcos de madera, ni armaduras, ni espadas… Nada de eso se necesitaba para encontrar El Dorado, para visitar “nuestro” Dorado. ¡Qué necios! Bastaba con unas bermudas, crema de sol y un buen fajo de billetes. Tan simple, ¿verdad?

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Robert Juan-Cantavella, con cierta ironía y muy mala leche, plantea esta “hipótesis” (por llamarlo de alguna manera) en su libro El Dorado. Trebor Escargot, protagonista de la novela y narrador de los acontecimientos, vehicula toda la historia a través de su peculiar manera de vivir. Aficionado a las drogas de diseño y con una filosofía muy nihilista, Escargot es un periodista que recibió allá por el 2006 el encargo de hacer un reportaje (luego él matizará que, en realidad, se trata de un aportaje) sobre el idílico destino veraniego Marina d’Or.

Quien no esté familiarizado con la historia reciente de España que se fije en dos cosas: la primera, la historia nos sitúa en el 2006, en la cresta de la ola del capitalismo salvaje en España, en plena ebullición del consumismo, en la época de las segundas residencias, los BMW y los carísimos robots de cocina; la segunda, Marina d’Or Ciudad de Vacaciones se ubica entre Oropesa y Cabanes, en la provincia de Castellón (cuna y ejemplo de la política urbanística del pelotazo, de los hoteles de 40 plantas y de las playas masificadas). Sin lugar a dudas, se trata de un coctel perfecto para dar con ese lugar anhelado desde el siglo XVI por los idiotas de los españoles (creo que de leer a Cantavella se me ha pegado un poco la mala leche).

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El libro está narrado con un estilo cortante y agresivo. Al igual que un atracador te sacaría una navaja para robarte todo lo que llevas, Robert Juan-Cantavella afila su lengua y te desvalija cualquier esperanza que puedas tener en las sociedades modernas. Puede ser que haya errado en la lectura, pero, hoy por hoy, esta novela me parece sumamente pesimista. Trebor Escargot tiene una mirada corrosiva que se filtra en cada párrafo. Poco me importa que este personaje sea un alter ego del autor, porque como se puede ver en cada página la realidad y la ficción son una.

Uno de los puntos más interesantes de esta obra es ver cómo aborda su relación con el Periodismo, ya que da una vuelta de tuerca más a esos movimientos artísticos e intelectuales que abogaban por la ficcionalización del reportaje o por la objetividad subjetiva de la ficción. Explica Cantavella:

El tema es ver qué pasa. Básicamente se trata de eso. Un periodista es alguien que va a ver qué pasa & lo cuenta… hasta el Punk Journalism trataba de hacerlo hace ya algún tiempo, con la particularidad de que cuando el periodista llega al sitio automáticamente entra a formar parte de lo eso que pasa & si lo que pasa sucede por su culpa no importa… o no importaba, porque intervenir en los hechos no es más que un punto de vista, una forma de escribir sobre ese sitio…

Seguramente, que muchos historiadores o lectores cataloguen esta obra como un ejercicio literario. Ahora, uno se puede preguntar: ¿por qué no puede ser tomado como un reportaje? ¿O, incluso, como una crónica brillante de lo que un año después sería el inicio de la peor crisis económica de la historia del país? Quizás, esa narración personalista (denotadamente subjetiva) asuste a muchos. En mi opinión, simplemente refleja honestidad.

La segunda parte del libro, menos brillante, lleva al mismo periodista a Valencia. Su objetivo: cubrir el V Encuentro Mundial de las Familias con el Papa Benedicto XVI. Poco más se puede decir al respecto, ya que en los últimos meses se ha sabido que la visita del Pontífice supuso unos generosos beneficios para políticos corruptos del Partido Popular vinculados con la trama Gürtel. ¡Qué pena que esta obra no fuera un éxito de ventas y de lectores! Quizás no hubiéramos ahorrado los infernales programas de debates políticos que embadurnan la televisión del país…

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Comments

  1. No me ha gustado lo de “a cinco horas de Madrid”.Chirría. Madrid no es el centro del mundo. Hay más allá, aunque en los partes del Tiempo no lo parezca. Se podría haber puesto a 40 minutos de Castellón o a 15 horas de Roma.

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