La viva imagen de la lucidez: reseña de ‘La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres’, de Siri Hustvedt

La ola feminista está aquí para quedarse, por mucho que duela a muchos. Y les duele, porque se les nota rabiosos, al menos en lo que un humilde servidor puede comprobar en determinadas redes sociales que, por fortuna, no son el espectro completo de la población mundial. El feminismo es una lucha compleja y, como tal, tiene sus contradicciones, sus aciertos, sus logros, sus errores y sus corrientes de opinión. No obstante, no cabe duda de que gracias a dicha ola se han producido hitos tales como la encarcelación de poderosos depredadores como Harvey Weinstein; la rebelión de las trabajadoras de la fresa en Huelva, expuestas a todo un sistema perfectamente construido para condenarlas al abuso; la sonrisa de Asia Argento en Cannes o la legalización del aborto en Argentina, cuya aprobación se cantó en las calles, como leí en un tuit, como un gol de Messi.

Otro de las tareas pendientes que el feminismo está llevando a cabo es la recuperación de artistas que, debido al carácter estructural del machismo, han vivido en el ostracismo más absoluto. Es momento, por ejemplo, de recuperar a quienes hasta ahora solo han figurado como ‘mujeres de’ en la Historia. Eso, claro, si han tenido la suerte de figurar, y hablo de nombres de la talla de Remedios Varo, pintora surrealista que nació a 70 kilómetros de donde nació Dalí y apenas cuatro años después. No obstante, solo uno de los dos es recordado como el gran autor del dicho movimiento, y cabría preguntarse por qué. Ese olvido impuesto más allá del talento me recuerda a la novela ‘El mundo deslumbrante’, de Siri Hustvedt (1955, Minesota, EEUU), en la que la autora cuenta la historia de Harriet Burden, artista neoyorquina ninguneada por su condición de mujer quien, para reivindicarse, muestra su obra detrás de la figura de tres hombres con el objetivo de que su arte fuese reconocido, al esquivar así el prisma retorcido, empañado y lleno de caspa con el que el hombre mira a la mujer.

Este texto no busca repasar los logros del feminismo que antes enumeraba. Ni siquiera para recuperar el portentoso trabajo de escritoras que no ha sido reconocido. El texto trata de Siri Hustvedt, eso sí, pero no para reivindicarla, porque no hace falta. En concreto hablaremos de su última publicación, ‘La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres’ (Seix Barral, 2016), una colección de algunos de sus ensayos. Una recopilación para descubrir o redescubrir la sagaz lucidez que tiene la estadounidense. Si hace unas semanas hablábamos de Umberto Eco como uno de los grandes intelectuales que nos ha dado la Edad Contemporánea, con Hustvedt habría que decir como mínimo lo mismo, y es que la capacidad de análisis y estudio de la autora es tal, que adentrarse en la profundidad de su conocimiento en materias diversas se antoja una tarea tan enriquecedora como imprescindible.

Materias diversas que la portada del libro enmarca en ‘feminismo, arte y ciencia’, pero lo que se esconde tras ‘La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres es mucho más que eso’. Ante todo, hay que tener en cuenta que es una recopilación de ensayos, por lo que cada cual aporta algo de manera individual, más allá de que estén interconectados por un hilo temático. No obstante, la obra es además un fiel retrato de la razón humana, de sus contradicciones y sugestiones marcadas por la propia evolución.

De esta forma, el lector es capaz de reflexionar, guiado por la pluma de Hustvedt, sobre el poder de una obra de arte (“La atracción se mezcla con la repulsión cuando el fascinante objeto que tenemos ante nosotros adquiere un aspecto peligroso”, extracto de ‘Anselm Kiefer: la verdad siempre es gris’); la latente misoginia profesional de la estrella de la literatura escandinava Karl Ove Knausgarg (“la idea de la que la lectura y la escritura están mancilladas por lo femenino ha arraigado profundamente en la psique colectiva occidental”, extracto de ‘No son competencia); o el poder de literatura a la hora de transformar símbolos abstractos que, en nuestra mente, cobran vida (“Sin embargo, leer una novela es un encuentro con los rastros simbólicos de una conciencia humana viva”, extracto de ‘Huidas subjuntivas: pensar a través de la realidad corporeizada de los mundos imaginarios´).

Entiendo que los editores, para captar al lector que en la librería busca y rebusca un nuevo refugio en el que leer, hayan querido enmarcar los ensayos de Hustvedt en “feminismo, arte y ciencia”. Es posiblemente la manera más global de abarcarlos a todos, pero aún así se queda corto. No es una obra para todos los gustos, partiendo de la base de que es de carácter ensayístico, vaya eso por delante (para los que les asusta el ensayo o ahora les apetezca ficción, la propia Hustvedt tiene una grandiosa producción de obras). No obstante, refleja muy bien lo que debe ser una pensadora, esto es, una persona capaz de enfrentarse a toda materia desde una mirada crítica, de mente despierta y aguda y más bien inquieta.

Ni siquiera hay que estar de acuerdo con la autora, porque eso puede conllevar también una lección aprendida, y por el camino vas a encontrarte con figuras como Louise Bourgeois, Pina Bausch o una interesante comparativa entre Mapplethorpe y Almodóvar, entre otras tantas. No olviden lápiz y papel y recuerden que todo el tiempo invertido, creánme, habrá merecido la pena, por sesudo que este sea.

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