La mano invisible, de Isaac Rosa: la literatura como espacio de resistencia frente al pensamiento capitalista

La mentalidad capitalista condiciona todo nuestro mundo: relaciones laborales, amorosas, familiares, etc. Puede que en algún momento seamos conscientes de ello, incluso, que nos rebelemos, sin embargo son sistemas mentales tan férreos y enraizados en nuestra conciencia individual y colectiva que es difícil escapar.

Sobre el modelo de pensamiento capitalista

Estos sistemas mentales de los que hablo son muy diversos. Por ejemplo, en un libro titulado Metáforas de la vida cotidiana se propone un ejemplo que por obvio no deja de ser relevante. La tesis que defienden en su ensayo Lakoff y Johnson es que el ser humano se relaciona con el mundo que le rodea gracias a un modo de pensamiento metafórico. Dejemos esto de lado, por ahora, porque nos podríamos enredar demasiado y volvamos al ejemplo que ponían estos autores y que se relaciona con lo que llamábamos lógica capitalista. Lakoff y Johnson advierten que, en muchos casos, nuestra relación con el tiempo se articula en torno a la metáfora “el tiempo es oro“.

¿Qué quiere decir esto? Muy sencillo. Nos relacionamos con el tiempo como un bien escaso, algo ligado estrechamente a las variables de producción (y, por supuesto, a las jornadas laborales). Por esta razón decimos cosas tales como «no me da el tiempo», o «me está robando el tiempo» e, incluso, se llegan a plantear distopías como la película In Time en la que el tiempo directamente es una moneda de cambio. Observen, pues, cómo el sistema de pensamiento capitalista se ha instalado en nuestras cabezas, cómo todo incluso el tiempo, el mercantilizable pese a que sea inaprensible.

En este complejo proceso, las personas también han sufrido un proceso de reificación. En la lógica capitalista del «Just do it», el progreso es cuantitativo, por lo que los sujetos son clasificados en función de diferentes variables medibles (como la capacidad de producción, el capital acumulado, la cantidad de seguidores en redes sociales, etc.). Consecuentemente, en tanto en cuanto todo se mide en posesiones, el fracaso también es atribuible a un sujeto.

Y es aquí donde podemos encontrarnos con una de las paradojas más complejas de lo que hemos denominado «pensamiento capitalista»: mientras la red de producción se hace cada vez mayor y todos dependemos de la fuerza laboral de centenares de sujetos que nos proveen de distintos servicios y productos, lo cierto es que el individuo cada vez se encuentra más aislado porque el trabajador, de una manera u otra, no deja de ser una pieza intercambiable en un complejísimo engranaje. Por consiguiente, cada vez somos más dependientes del sistema de producción y más solitarios. Nos quieren vender que dicha dependencia es interconexión/globalización y que la soledad es una patología (cuyo antídoto son las redes sociales). Así que ya lo sabes, si algo va mal en tu vida, es tu problema. Tú simplemente sonríe y “just do it”, my friend.

La Literatura como espacio de resistencia

¿Cómo? ¿No te vale esa mierda? Bien, has entrado en el sitio adecuado porque en el fondo el objetivo de esta entrada es hablar de La mano invisible de Isaac Rosa, porque creemos que es un buen ejemplos de cómo con la lectura podremos romper le mecánica del pensamiento capitalista. En esta novela, capítulo a capítulo el lector podrá escapar del cruel aislamiento al que se nos somete como trabajadores, para relacionarse con una serie de personajes que conviven una experiencia laboral similar a la nuestra.

La mano invisible es una novela de trabajadores y, por ende, de todos nosotros. En ella se parte de una misteriosa premisa. Una empresa, no se sabe cuál ni por qué, ha contratado a una serie de currantes para ejercer su oficio repetidamente en una nave con público. Ellos hacen su trabajo (el albañil levanta paredes, la costurera cose, el mecánico desmonta coches, el carnicero despieza animales, el camarero reparte cafés, el desarrollador informático pica código, etc.) sin una finalidad aparente más que la de entretener al graderío (el albañil cuando termina una pared la tira, el carnicero lo mismo, etc.). Cada capítulo se centra en un trabajador y la descripción de su actividad repetitiva se intercala con una serie de pensamientos que todos hemos podido llegar a tener en nuestro día a día laboral.

Y es en este punto en el que me gustaría ligar la parrafada anterior con esta novela. Desde mi punto de vista, la Literatura puede constituir un espacio de resistencia frente a la mentalidad capitalista, ya que en sus páginas se propone un espacio de identificación en el que el lector es capaz de romper con el aislamiento. Así pues, frente a la novela como género propiamente burgués, nosotros proponemos otra poética que entiende la narrativa como un salvavidas para náufragos del sistema.

La mano invisible nos muestra, gracias a su acertada descripción del trabajo, que no somos ni tan especiales, ni tan únicos, ni tan diferentes, y que muchos de nuestros problemas son los mismos que tiene cualquier otro trabajador. Y claro, de este ejercicio de empatía puede surgir la siguiente deducción: si yo tengo los mismos problemas y preocupaciones que el 80% de la población, no será que, pese a lo que me han enseñado, la causa del problema no soy yo.

Es el mercado, amigo.

¡La revolución ha comenzado!

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