Textos periodísticos españoles para la historia (1661-2016): la primera antología con perspectiva de género

Equívocamente, se suele pensar que el periodismo es el reflejo de la realidad social y que, consecuentemente, la labor de los periodistas consiste en reflejar «objetivamente» el «mundo les rodea». Pues bien, esta es una interpretación bastante inmadura del periodismo, los medios de comunicación y los periodistas. Me explico.

Aunque resulta fundamental para entender el poder de los medios, dejemos a un lado, por un momento, los intereses ocultos que subyacen detrás de grandes corporaciones mediáticas como Mediaset, Prisa o Vocento, por poner algunos ejemplos. Imaginemos brevemente que nos encontramos en una redacción con periodistas completamente libres (sin ningún tipo de presión), bien pagados, con tiempo suficiente para elaborar artículos rigurosos, con una formación exquisita y con la intención de ser completamente honestos en la realización de su trabajo. Incluso en este idilio, la llamada «objetividad» es una quimera inalcanzable. 

Aunque partamos de un contexto neutro, la labor periodística tiene como materia prima el lenguaje, con lo que es inevitable que siempre exista cierto grado de subjetividad. A fin de cuentas, toda labor periodística implica una interpretación de la realidad, ya que desde el momento en que se tiene que trasmitir un mensaje mediante un código compartido esta resulta obligada (en este caso hablamos de la palabra, pero dicha reflexión también es válida para el formato audiovisual). Así pues, cualquier elaboración de un mensaje implica una toma de decisiones a diferentes niveles (de estructuración, tropológicos, semánticos, etc.) que conllevan una construcción discursiva particular.

Esto no es necesariamente «malo», no hace falta poner el grito en el cielo, más bien es una cuestión inevitable. Si se asume esta premisa, se conseguiría una mejor educación del consumidor de los medios, lo que permitiría una lectura más crítica de la «realidad mediada». Lo peligroso, en cualquier caso, sería dar por buena la propuesta inicial («el periodismo es reflejo de la realidad») y leer un periódico o ver un telediario como quien mira un espejo, es decir, sin preguntarnos qué, cómo y por qué se dice lo que se dice.

Toda esta reflexión inicial me sirve para hablar con admiración del libro que presentamos esta semana: Textos periodísticos españoles para la historia (1661-2016) (Signo e imagen, 2019). Esta antología de artículos elaborada por Virginia Martín Jiménez, M.ª Verónica de Haro y Dunia Etura Hernández (con quien hablamos en el último programa) es un estupendo ejemplo de cómo el periodismo no solo ha contado la Historia, sino que la ha construido.

Si hablamos del poder del periodismo para cambiar realidades sociales, quizás el ejemplo más paradigmático es el famoso artículo “J’accuse…!” de Zola en el periódico L’Aurore, pero, lógicamente, este no es el único. El libro que aquí traemos recoge algunos de los ejemplos más notorios del caso español, por primera vez, con «perspectiva de género». Explican las autoras en la introducción que el libro:

Parte de la profunda revisión de las fuentes históricas y periodísticas con el fin de que los lectores tengan también la posibilidad de acercarse a aquellas mujeres periodistas que destacaron en la historia o a los proyectos periodísticos puestos en marcha por mujeres que marcaron un hito en el periodismo español (p. 18).

De esta manera, en el índice junto a los nombres, siempre presentes en la historia del periodismo español, de Larra, Clarín o Miguel Delibes, aparecen otros ignorados durante décadas como Concepción Arenal, Josefina Carabias o Rosa Montero. Todo un logro que, sin lugar a dudas, marcará un antes y un después en la bibliografía especializada.

Si hubiera que poner un pero a este libro, es la lectura que propone Celso Almuiña en su «Prólogo». Siempre desde el respeto que se merece este importante catedrático, la construcción filosófica que subyace en su discurso creo que retoma parámetros caducos para el análisis del periodismo. Puede que sea por su formación como historiador, pero a mí personalmente me sigue pareciendo un error poner el foco en los textos como reflejos de ideología, cuando sería mucho más interesante analizar dichos artículos como constructores de pensamiento. Explica Almuiña:

Detrás de las pequeñas batallas cotidianas, que conforman los diversos mass media y que dan lugar a multitud de opiniones cambiantes, subyace de fondo (contexto) una dialéctica de fuerzas que cristalizan en torno a grandes problemas y generan progresivamente sonados debates (p. 10).

Es cierto que el matiz es muy sutil y que, quizás, sea fruto de un análisis incorrecto por mi parte, pero la lectura de cualquier texto como si se trataramos de pelar una cebolla (por capas), herencia intangible del estructuralismo, me parece insuficiente para comprender las implicaciones sociocognitivas que tienen los ejemplos que nos proponen las editoras a la hora de construir realidades sociales. Con todo, la propuesta de lectura que aparece en el prólogo es parte del interesante debate que se planteaba a las primeras líneas y el profesor Almuiña, un analista e historiador de renombre. Con lo que, no podemos más que recomendar la lectura de esta antología de principio a fin.

 

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