‘Nueve cuentos malvados’ de Margaret Atwood: un alegato en favor de los cuentacuentos

Margaret Atwood (protagonista de esta reseña) es, a día de hoy, una celebérrima escritora canadiense por la adaptación a la pequeña pantalla de su novela El cuento de la criada. La industria editorial (antagonista o villano de esta reseña) se ha comportado de manera extraña con esta escritora. Primero la minusvaloró, seguramente, por dos razones: la primera, por ser mujer; la segunda, por cultivar géneros “menores” como la ciencia ficción o la fantasía. Luego, la ensalzó hasta convertirla en un “tótem” de la narrativa feminista. Tenemos, pues, ya dos de los elementos básicos con los que debe contar cualquier historia (el héroe y el oponente), vamos a ver cómo avanza la trama.

Para seguir el desarrollo de esta historia épica protagonizada por una escritora viejita del Canadá, debemos tomar su antología de relatos Nueve cuentos malvados. En esta, Atwood se rebela, entre otras cosas, contra el ego del mundo editorial, contra la crítica académica y, también, contra el edadismo (es decir, el conjunto de prejuicios que tiene la sociedad con respecto a las generaciones más jóvenes y más viejas). Lo hace, todo ello, recuperando con un profundo respecto la narrativa tradicional que durante siglos se trasmitió, de generación en generación, de forma oral.

Explica la escritora en los “Agradecimientos” que detrás de la mayoría de estos cuentos se pueden encontrar una referencia a un cuento popular. Empezamos con Barbazul. Seguimos también con referencias al mito vampírico, al del hombre lobo o a Blancanieves y los siete enanitos. Con todo, cabe advertir, que sería un error dejar que este juego de adivinanzas nos impidiera ver el bosque. Porque detrás de estos nueve relatos puede que haya un cuento tradicional, pero también una mirada crítica (por momentos cínica) a nuestra realidad.

Por ejemplo, la triada de relatos iniciales (que están encadenados entre sí) podrían leerse casi como unas páginas del diario personal de Atwood (les recuerdo que ella es la protagonista de esta reseña), en las que hace, por fin, un poco de “justicia poética” al mostrar que lo único que mueve a la industria editorial es el dinero. Por otra parte, el relato final, “A la hoguera con los carcamales” es una distopía, al más puro estilo de la canadiense, en la que se dibuja una cruenta realidad en la que grupos terroristas atacan residencias de ancianos, con lo que hace un poco de “justicia social” al señalar el abandono al que se ve sometido esta generación. He, por lo tanto, aquí las dos pruebas que debe vencer nuestra protagonista: la hipocresía del mundo editorial y el abandono de la vejez.

La reseña/cuento que les presento tiene, por supuesto, un final feliz. Como saben, hace poco la canadiense ganó el prestigioso Premio Booker con su novela Los testamentos, segunda parte de su celebérrimo El cuento de la criada. Parece, pues, que nuestra protagonista ha conseguido vencer a la industria editorial abriéndose un hueco en primera fila. Aunque, no sé, leyendo sus Nueve cuentos malvados uno tiene la sensación de que esta supuesta victoria es solo fachada. ¿No nos estará mandando un mensaje de socorro a sus lectores?

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