Viaje a lo más oscuro de Glasgow: reseña de Enero Sangriento, de Alan Parks

A la hora de elegir mi próxima lectura dentro del género thriller, una de las principales características en las que me fijo es en la ambientación de la novela. No es lo mismo seguir las peripecias de un detective en la época victoriana que meterse de lleno en el cuerpo de policía de Nueva York durante los años 80 o conocer la Barcelona de la posguerra. Los escenarios y la época en la que se sitúan cobran una importancia especial para mí, más aún, si cabe, en estos días de confinamiento en los que la lectura se me antoja imprescindible para escapar de estas cuatro paredes. Iluso de mí, hace unos meses estaba organizando un viaje para las vacaciones de Semana Santa que me llevarían ni más ni menos que a Escocia. Y como tiendo a querer empaparme al máximo de mis destinos, la literatura es una herramienta imprescindible. Por ello, cuando me enteré de que Tusquets acababa de lanzar una nueva serie de novela negra ambientada en el Glasgow de los años 80, supe que tenía que hacerme con ella.

Estoy hablando de Enero sangriento, del escritor escocés Alan Parks. Di con este autor en el mejor ambiente posible: el festival BCNegra que se celebraba, como cada año, en la ciudad catalana. Parks visitó aquellos días la metrópoli, y su entrevista en La Vanguardia fue lo que terminó por decidirme. Con semejante titular, ¿quién podría resistirse? No solo me resultaba atractivo el mero hecho de que estuviese situada en la ciudad de Glasgow setentera, sino que algo me decía que un tipo duro como el escritor escocés debía tener una gran historia que contar. Y no me equivoqué.

Enero sangriento es la novela que inaugura la serie protagonizada por el detective Harry McCoy. Comienza con el asesinato de una chica por parte de un adolescente que, en medio de la calle, acto seguido se suicida. Un trabajo para McCoy, desde luego, personaje que se va ganando nuestra empatía poco a poco. Pese a cumplir con los ingredientes básicos (solitario, bebedor, pasado turbio…), lo hace con una gracia única que le dota de una naturalidad como pocos personajes, junto con detalles novedosos como su aprensión por la sangre. No sientes a McCoy como un personaje, sino como un colega que te está contando los constantes problemas en los que se ve involucrado. Es fácil imaginarse compartiendo unas pintas con él, y es que el autor nos lo presenta página a página, y se nota que la novela ha requerido trabajo.

En este sentido, no se trata de una de esas novelas negras facilonas que te yuxtaponen un sinfín de escenas de acción entre presentación de personaje y desenlace del caso. En esta ocasión vamos a viajar a la mente del protagonista, y lo hacemos con la manera en que el escritor intercala momentos personales del protagonista, que incluyen reflexiones sobre la ciudad o la sociedad de la época, con lo que tiene que ver estrictamente con su trabajo de detective. Todo ello cocido a fuego lento, con referencias culturales e históricas pero sin perder en ningún momento el ritmo. Tanto el lector más atraído por el trabajo detectivesco como el que prefiere las novelas sesudas que requieren paladear la historia tienen cabida aquí.

En lo que a construcción de personajes se refiere, si se le puede sacar algún pero a la novela es que el protagonista se come al resto, y algunos secundarios de los que te gustaría saber más quedan algo desdibujados, como su compañero Wattie o la malograda Janey, por poner dos ejemplos fáciles sin destripar la historia. Es habitual ver a un protagonista que deja al resto en un segundo plano demasiado marcado, pero la buena noticia es que esta es la primera novela de una serie, por lo que estoy seguro de que Parks nos irá deleitando tanto con los nuevos como con los personajes conocidos en próximas entregas. Ahora bien, que esto no lleve a nadie a engaño. Acompañar a McCoy a esos bajos fondos de Glasgow es una experiencia tan inquietante como maravillosa, porque la urbe escocesa adquiere una presencia amenazante, como una sombra que envuelve a todos sus figurantes.

El escritor Alan Parks, fotografiado por el periódico escocés The Herald

Decía al principio que la ambientación es una cualidad indispensable para que disfrute de una novela, y en este sentido Enero sangriento es una obra maestra. Lo tiene todo, desde la descripción de los antros a los que acude en no pocas ocasiones (Años atrás era el bar de moda, oscuro y con una gramola. Small Faces, Motown, The Yardbirds. Siempre lleno de mods con sus trajes elegantes, chicas con peinados en forma de colmena y ojos pintados estilo panda. Pero ahora ya no era así. Ahora no era más que otro bar oscuro lleno de oficinistas borrachos y mujeres que trabajaban en los grandes almacenes de la calle Sauchiehall); al retrato cultural que hace de la propia urbe, con especial atención a barrios obreros y demás zonas desfavorecidas que se han visto engullidas por el “progreso urbanístico” a lo largo de los años.

Si bien antes he utilizado el término bajos fondos, lo cierto es que en Enero sangriento se queda algo corto. Junto a McCoy y el caso que investiga nos vamos a ir perdiendo entre los asuntos más turbios que nos podremos imaginar, e incluso aquellos que ni nos imaginamos. La trama se va tornando cada vez más oscura, y cabe destacar el hecho de que cada escena tiene sentido. Es decir, no nos encontramos ante un primer caso aislado del que después nadie se acuerda simplemente para presentar a los personajes. En este caso, todo sigue una coherencia que se agradece como lector y que ayuda a meterse más en la historia. Por el camino no faltan esas escenas en las que Parks nos hace sentir el humo del tabaco, el frío del invierno o el sabor del whiskey que saborean los personajes. 

En definitiva, si eres un lector ávido de novela negra, Enero sangriento es un imprescindible que no puede faltar en tu biblioteca, y por lo que parece tenemos serie para rato. Ya puedes cogerle cariño a McCoy, un detective de métodos poco ortodoxos y más fuera de la ley de lo que debería, porque parece que ha llegado para quedarse.

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