Más allá de las piras de libros: viajamos a Marte con Ray Bradbury

Hablar de Ray Bradbury (Illinois, 1920 – Los Ángeles, 2012)  suele ser sinónimo de hablar de libros en llamas. Y aunque suene muy mal, es evidente que la razón es ‘Farenheit 451, sin duda la novela más conocida del maestro de la ciencia ficción. Una novela que se fraguó por entregas en la revista Playboy en el año 1954, y que acabó convirtiéndose en una de las distopías más famosas de la historia de la literatura. Cuestión de gustos, eso de fijar esta santísima trinidad, y es que alguna que otra de esas distopías, quizás, ha tenido más reconocimiento del que podría merecer, pero ese es otro debate. El valor literario, para un servidor, de Farenheit 451 está fuera de toda duda. 

Está la prueba en el programa que le dedicamos en La Milana Bonita, el cual no me atrevo a reescuchar por aquello de pasar vergüenza con mis comentarios entonces expuestos. Es lo que tiene ser un podcast tan longevo. Ahora bien, más allá del momento autopromoción, de lo que vengo a hablar hoy es de que es un error mayúsculo reducir a Bradbury a esa magnífica novela. Ray Bradbury, apúntenlo ya, es uno de esos genios que se dan cada pocas décadas, y merece la pena disfrutar (y aprender) con toda su producción literaria. ¿Por dónde empezar? Un acierto seguro es Crónicas Marcianas (Minotauro).

Tenemos la excusa perfecta para volver a Bradbury si tenemos en cuenta que estamos en pleno centenario del autor. Además, la excusa se extiende a Crónicas Marcianas gracias a la fantástica nueva edición que ha preparado la editorial Minotauro precisamente por el centenario del autor. Mucho le debe esta editorial al autor, pues esta fue su obra fundacional; y mucho, por extensión, le debe el lector a esta editorial. De Crónicas Marcianas se ha escrito mucho, y gente que sabe mucho más que yo, así que lejos de explicarte los aspectos más sesudos de esta obra, solo vengo a contarte algunos de los motivos por los que creo que estás tardando en leerla.

  • No te lo digo yo, te lo dice Borges. El prólogo por excelencia de la novela fue escrito por Jorge Luis Borges, y en él deja claro que estamos ante una obra singular. “Otros autores estampan una fecha venidera y no les creemos porque sabemos que se trata de una convención literaria; Bradbury escribe 2004 y sentimos la gravitación, la fatiga, la vasta y vaga acumulación del pasado –el dark bakward and abysm of Time del verso de Shakespeare. Ya el Renacimiento observó, por boca de Giordano Bruno y de Bacon, que los verdaderos antiguos somos nosotros y no los hombres del Génesis o de Homero. ¿Qué ha hecho este hombre de Illinois, me pregunto, al cerrar las páginas de su libro, para que episodios de la conquista de otro planeta me llenen de terror y soledad?”
  • Estás ante una novela de ciencia ficción que rompe los esquemas. Lejos de esbozar un futuro prometedor y esperanzador, Bradbury nos presenta una conquista de Marte aterradora. Recordemos que estamos hablando de 1954, en plena carrera espacial entre la Unión Soviética y los EEUU, ganada por los primeros con el viaje de Yuri Gagarin a bordo de la Vostok 1 en 1961. En los años en los que Bradbury escribe ‘Crónicas Marcianas’ la conquista del espacio era tan sueño como objetivo. Pero el autor le da un enfoque diferente, más de advertencia que de elogio, temeroso de lo que pudiese hacer el ser humano en un planeta nuevo tras ser testigo de lo que es capaz de hacer el mismo ser humano en su propio planeta. 
  • Así, en Crónicas Marcianas nos encontramos hasta 27 relatos ordenados cronológicamente, desde ‘El verano del cohete’, situado en enero de 1999; hasta ‘El picnic del millón de años’, en octubre de 2026. Unos más cortos y otros de mayor extensión, todos ellos contribuyen a la historia principal que el autor nos narra, con el hilo de la conquista del planeta rojo con un enfoque absolutamente novedoso. Como advertía Borges, llegas a sentir pánico en muchos de ellos, y es que la conquista del Marte se antoja mucho más aterradora de la que normalmente, casi de manera automática, nos llegamos a imaginar. ¿Y si la primera expedición en Marte sufre un destino fatal por culpa de los celos de un marciano? ¿Y si otra de ellas, lejos de tener un recibimiento triunfal, son tomados por lunáticos (y tratados como tales) por los propios marcianos? ¿Y si la tercera es incapaz de avisar a la Tierra de que visitar Marte no es el camino de rosas que esperaban? ¿Y si los recién llegados son objeto de juegos mentales y engaños que les condenarán a un sueño eterno sobre el cuarto planeta del sistema solar? Cada historia, cada relato de Bradbury, te expande la manera de mirar la conquista del espacio, y amplía el mundo de posibilidades que puede ofrecer un género como la ciencia-ficción, a veces anclado en estereotipos de los que los pioneros ya se desprendieron.
  • El estilo de Ray Bradbury es absolutamente embaucador. A lo que te está contando se le suma el cómo te lo está contando. Con una fuerza lírica digna de los mejores poetas, pero sobre la arena rojiza de Marte, el fuego de los propulsores de los cohetes y la soledad y el silencio del espacio exterior. ¿Qué ser es este, pensaba, tan necesitado de cariño como nosotros? ¿Quién es? ¿Y cómo, saliendo de la soledad, se acerca a gentes extrañas y asumiendo la voz y la cara del recuerdo se queda al fin entre nosotros, aceptado y feliz? ¿De qué montaña procede, de qué caverna, de qué raza viva aún cuando los cohetes llegaron de la Tierra? El viejo meneó la cabeza. Era imposible saberlo. Por ahora aquello era Tom. 

Una prosa sencilla, sin florituras, pero con una capacidad para recrear imágenes en nuestra imaginación, y deleitarnos en el proceso, de la que pocos escritores pueden presumir. Este es solo un extracto del relato Usher II, un sencillo aperitivo de todo lo que esconde una obra cuyo valor redefinió al propio género del que parte. 

Si hay alguien, aún, capaz de verter pestes sobre la ciencia-ficción, invítale a que lea esta novela. Si aún así lo rechaza, arguméntele que hasta asombró a Borges (los tozudos, cuando tiras de canon, suelen, como mínimo, prestar atención. Debe ser esa la única función de los listados canónicos.) Si sigue considerándolo literatura menor, entonces es preciso que deje de relacionarse con una persona tal y, de paso, anímese a llamarle necio. Después, siga disfrutando usted de la obra de Bradbury. ¿Qué por dónde seguir? ¿Qué tal ‘El árbol de las brujas’, o ‘La feria de las tinieblas’, o ‘El hombre ilustrado’ o…?

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