El ruido y la furia, de William Faulkner

“La vida es una sombra… Una historia contada por un necio, llena de ruido y furia, que nada significa”. Ya está. Con eso ya sería suficiente. La descripción de un libro como El ruido y la furia (1929) se podría hacer perfectamente a través de esta frase de William Shakespeare perteneciente a Macbeth (acto 5, escena 5) que plasma la intención primera de otro importante William, esta vez, William Faulkner. Pero no, no nos podemos quedar ahí. En meros recuerdos shakesperianos o vagos pensamientos.

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Pensamientos. Los pensamientos son el baremo perfecto para medir la actividad cerebral de un ser humano. Por ello, el análisis de El ruido y la furia no podía ser más que un compendio de razonamientos e interpretaciones sobre una novela que paso a la historia por sus pocos convencionalismos. Faulkner detestaba todo aquello que partiera de un modelo o patrón.

En El ruido y la furia la premisa es clara: los pensamientos arrojan al libro la misma claridad y desconcierto que lo hacen cuando revolotean en nuestro cerebro y que debemos filtrar para llegar al lugar donde nuestras ideas encuentran el puerto ansiado. Por tanto, nos hallamos ante un libro sin punto de partida ni punto de final, sino con una acumulación de monólogos interiores, diálogos con o sin sentido y un drama familiar, el de los Compson, que certifica aquello de que “no se cuenta todo lo que se sabe ni se sabe todo lo que se cuenta”. Una de las (tantas) características que convierten a este libro en un manual de deconstrucción, derribo y nuevo orden perpetrado por la Generación Perdida (los Hemingway, Steinbeck, Fitzgerald) es la incorporación de las voces siempre calladas y en otros tiempos defenestradas y maltratadas, como la de las personas con Síndrome de Down. Como Benji.

Ilustración de Matías Noel

Ilustración de Matías Noel

En Benji, un muchacho de 33 años, se concentra una parte de las cuatro de la novela y nos muestra los pensamientos de lo que hasta entonces no conocíamos. La consciencia y sensibilidad de un personaje que ve, descifra y analiza todo pero que no tiene la capacidad para expresarlo. Por ello, Faulkner se viste de “medium terrenal” y hace florecer las sensaciones de un personaje que ya tiene un espacio importante en la literatura universal.

Siendo honestos, El ruido y la furia no es de esos libros que den al lector todo lo que busca. No busca satisfacer necesidades, ni seguir modelos, ni proponer una lectura rápida o cómoda. En esta ocasión, el lector se adapta a la obra y no al revés. La relectura y la paciencia se convierten en ingredientes imprescindibles para poder disfrutar de una novela que presenta un Faulkner irrepetible. Bienvenidos a una de esas novelas que, para bien o para mal, nunca olvidarán.

¡La revolución ha comenzado!

Texto de Sergio Pascual

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