Cuestión de tonos y matices

‘En la vida, no todo es blanco o negro, sino más bien gris’. ¿Cuántas veces hemos oído esa frase? ¿Cuántas veces hemos optado por una opción u otra, en vez de ver las virtudes de una vía intermedia? ‘In medio virtus’, decía Artistóteles. Aunque quizás, en ocasiones, es mejor dejarse llevar por un bando… Todas estas reflexiones surgen cuando uno está ante el tomo Superman: Hijo Rojo, obra que surge de la mente de Mark Millar y el dibujo de Dave Johnson, en la que el archiconocido visitante de otro planeta, en vez de caer en una apacible granja de Texas, lo primero que ven sus ojos en la Tierra es la Unión Soviética. A veces, un pequeño detalle, una casualidad que haga suceder las cosas de diferente forma pueden cambiar la historia de la humanidad al completo, y más tratándose de Superman.

Portada de la última edición de 'Superman: Hijo Rojo' (ECC, 2013) // 25,50 euros

Portada de la última edición de ‘Superman: Hijo Rojo’ (ECC, 2013) // 15,50 euros

En esta ocasión, y con el Hombre de Acero portando la bandera de la hoz y el martillo y luchando por construir un paraíso de los trabajadores en la Tierra, no sería tan descabellado pensar dos cosas: o que se trata de un auténtico panfleto socialista que simplemente utiliza la figura de Superman para ensalzar el comunismo o, por el contrario, que Superman sea ahora el malo, un enemigo de los EEUU, sádico y vil, capaz de cualquier cosa por alcanzar sus objetivos. Cuestión de bandos y colores. Pero nada de eso. Superman: Hijo Rojo se sitúa en los años 50, en plena Guerra Fría, con el peligro de una inminente guerra nuclear que termine con el planeta de una vez por todas.

Pero lejos de caer en viejos clichés, en un enfrentamiento dual llevado al absurdo, Mark Millar esboza un argumento gris, sin tonalidades ni banderas, en el que reflexiona sobre el devenir de la humanidad, las verdades absolutas y los mitos de la igualdad. Es cierto que en ocasiones se deja llevar por ciertos tópicos, tanto de un lado como de otro, pero en conjunto es una de las obras más redondas del escocés. Superman se presenta como un miembro más de la sociedad comunista que quiere utilizar sus particulares habilidad en pos de una sociedad igualitaria total, y extender estos valores a lo largo del mundo. Lex Luthor, archienemigo de Superman desde sus orígenes, se muestra como un ególatra que somete a los EEUU al yugo de su capitalismo, obsesionado con Superman y tenaz en su afán por detener su dominio. Dos personajes opuestos que, no obstante, son más parecidos de lo que aparentan.

Poco a poco Millar enarbola una trama en la que no faltan cameos de personajes históricos como Stalin o el expresidente J. F. Kennedy y, como no podía ser de otro modo, otros personajes de DC, como Green Lantern, Wonder Woman o el mismísimo Batman, descrito aquí como un opositor al régimen de Superman, incapaz de deshacerse de la sombra de la venganza de su mente. El cómic se puede encuadrar en las distopías que presentan grandes novelas como Un Mundo feliz o 1984, y todo ello con un broche final de esos que muchos adoran y otros pocos aborrecen, de los de dejarte pensando según cierras el tomo. Los matices, los grises, las interpretaciones y la realidad alternativa que presenta Millar invita además a la relectura. Cualquier cosa para disfrutar otra vez del dibujo de Dave Johnson, que no decepciona, así como de las portadas de los números originales (recopilados en la última reedición de DC) que recuerdan intencionadamente a los carteles propagandísticos de la II Guerra Mundial.

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