Cómo convertirse en insecto: reseña de ‘Memorias del subsuelo’, de F. Dostoievski

Vayamos al grano: “Soy un hombre enfermo… Soy un hombre rabioso.” Estas son las primeras líneas de una de esas novelas que, con los años, cuando la ves en tu estantería y te entran ganas de leerla de nuevo, te das cuenta de que aún tiene mucho que enseñarte. Una pequeña joya, que dirían algunos. Se trata de Memorias del subsuelo, obra de Fiódor Dostoievski publicada por primera vez en 1864 y con la que el autor ruso compendiaba buena parte de su pensamiento filosófico bajo una atmósfera de pesimismo marcada por su situación personal. La novela no es muy extensa, pero es capaz de ofrecer reflexiones tan densas y complejas como contradictorias, y todo ello en pocas páginas.

Portada subsuelo

Tratándose de una novela del autor de El jugador (1866), Crimen y Castigo (1866) o Los hermanos Karamázov (1879), uno puede pensar que, desde luego, Memorias del subsuelo ha de ser otro magnífico análisis sobre la psicología humana. Y no estaría equivocado, con la diferencia de que es posiblemente una de las obras más personales del escritor, y es ahí donde reside su magia. Dividida en dos partes; la primera, bajo el título ‘El subsuelo’, es un monólogo interior de un funcionario del que nunca conocemos su nombre. Es quien recita esas primeras palabras que encabezan este texto y quien, a través de una verborrea tan caótica como brillante, explica al lector cómo ha llegado a esa situación de deprimente apatía.

En la segunda parte, titulada ‘A propósito del aguanieve’, el narrador recuerda un episodio que le ocurrió en su vida y que ejemplifica su comportamiento. Esta segunda parte tiene una estructura más propia del relato clásico, pero está tan hermanada con la primera que no serían posibles una separada de la otra aunque en sí mismas dotan a Memorias del subsuelo de una personalidad única. Es, en fin, una novela incomparable a otra que haya leído antes. Algo así como si Leopold Bloom hubiese protagonizado El paseo de Robert Walser guiado por la pluma de Dostoievski. Todo ello partiendo de la base de que las comparaciones son odiosas, pero al menos pueden servir al lector de esta reseña que quiera saber a qué se enfrenta.

No es una obra para aquellos que busquen una lectura ligera (que no se dejen engañar por su tamaño) ya que se darán de bruces con momentos en los que no sabrán qué quiere decir exactamente el protagonista. Les apetezca o no escucharme, ahora quiero contarles por qué no pude convertirme ni siquiera en un insecto. Les diré solamente que muchas veces quise convertirme en un insecto. Pero ni siquiera eso logré. Les juro, señores, que tener exceso de conciencia es una enfermedad; una enfermedad real y completa. Y para una vida corriente, le bastará al hombre con tener una conciencia ordinaria, que fuera la mitad, e incluso la cuarta parte de la porción que le ha tocado en suerte vivir al desarrollado hombre de nuestro desgraciado siglo XIX; un hombre, al que, por añadidura, le ha tocado la desgracia de vivir en Petersburgo, la ciudad más abstracta del globo terráqueo.”

Quiten la tele, bajen la radio y pídanle al vecino que no haga tanto ruido, porque Memorias del subsuelo es una obra en la que zambullirse. El hombre del subsuelo, planteado como una suerte de estado moral y mental al que ha llegado el narrador, es un hombre esculpido por un servicio de funcionariado que le ha convertido en un ser vil, autodenominado como malo y capaz de encontrar en el rencor y la venganza herramientas para justificar su comportamiento. El hombre del subsuelo es una persona contradictoria que ha permanecido, durante sus años de oficio, al margen de lo que él mismo denomina la “vida viva” y que, como si de un habitante de la caverna platónica se tratase, ahora busca respuestas a sus múltiples dudas en un nuevo lugar que le atrae y aterra al mismo tiempo. Para este habitante del subsuelo su gran condena es ser demasiado inteligente, tanto como para ser consciente de su conciencia, la cual a su vez le recuerda que no tiene identidad y no se atiene a las leyes de la naturaleza humana.

Fiódor-Dostoyevski.-Retrato-por-Vasily-Perov-1872

Retrato de Fiódor Dostoievski

¡Oh, señores, puede que me considere una persona inteligente solo por aquello de que durante toda mi vida nunca pude comenzar ni acabar nada! Bueno sí, soy un charlatán, un charlatán inofensivo y sensible, como lo somos todos. ¡Pero qué se le va a hacer, si la única finalidad de cualquier hombre inteligente consiste en la charlatanería, o sea en el premeditado hablar por hablar!”. La obra es extraordinariamente personal para el propio Dostoievski, quien se enfrentó al texto como si de un reto se tratase. Lo hizo en un periodo de su vida profundamente triste, con su primera mujer agonizando, una tormentosa relación con Apolinaria Súslova, el juego siempre acechante y, además, enfermo.

Él mismo lo expresó en varias cartas que intercambió con su hermano Mijaíl, en las que reconocía que su mujer se encontraba “en el último suspiro” y calificaba la novela en la que se encontraba inmerso como “mucho más difícil de escribir de lo que esperaba” y “fuerte y franca”. Como él mismo auspició, tuvo su efecto, y es que es un texto con el que el propio autor se desnudaba y marcaba ciertas pautas que luego se verían en sus obras posteriores. Fue rechazada por los intelectuales marxistas por su retrato del hombre como un ser irracional e insolidario y considera como una suerte de antesala del existencialismo (corriente que posteriormente si se mimetizaría con el socialismo a través de figuras como Sartre). Desde luego, no dejó indiferente a nadie.

Memorias del subsuelo es una novela pequeña en tamaño e inmensa en contenido, una pieza clave en el trabajo de un escritor clave que ha marcado la historia de la literatura. No es apta para todo tipo de paladares, pero sin duda los más escépticos deberán atreverse tarde o temprano aunque sepan, tras leer estas líneas, que no es nada fácil convertirse en un insecto.

 

 

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